DON ALONSO QUIJANO VA EN BUSCA DE ENERGÍAS RENOVABLES.
¿Qué haría hoy Don Quijote con los molinos de viento?
¿No les pasa
que no saben cómo reaccionar a semejante interrogante? Dicen que los tiempos
cambian. Tal vez Don Miguel de Cervantes se vería horrorizado ante semejante
panorama si por algún casual cayera hoy mismo en aquel lugar de La Mancha.
Ciertamente no querría acordarse del nombre. Nuestro señor Alonso Quijano jamás
tornaría en Don Quijote. Ante una sociedad deshumanizada y capitalista, no hay
lugar para imaginaciones. Y si se atreve a retar usted las normas, vaya a un
buen psiquiatra.
Supongamos
aun así que nos hemos encontrado con un hombre que va más allá del pensamiento
colectivo. Alonso Quijano se despierta una mañana, se dispone a darse una ducha
cuando, al mirarse al espejo, decide que es hora de cambiar radicalmente su
vida. Todo esto es debido, claro está, a la gran cantidad de series que ve
últimamente. ¿Por qué él no puede llevar la vida de ese joven y atractivo
detective que triunfa en todos los aspectos de su vida? Presa de un pánico
terrible ante el inexorable destino de su vida, aburrido de su vida conyugal
escasamente satisfactoria y con una incipiente ansiedad por la aparición de las
primeras arrugas en su rostro, hace las maletas y sale de casa.
Relatar qué
piensa y siente nuestro personaje al salir es prácticamente imposible. Casi
inconscientemente se encuentra en la estación y decide coger un tren hacia la Mancha.
Mas cuál es nuestra sorpresa cuando, al llegar, todo lo vemos cambiado. Rocinante
no es más un rocín flaco pues es ahora un Seat rojo chillón. Dulcinea no es más
la ansiada dama con la que soñaba nuestro caballero, es ahora su mujer
menopáusica y gritona a la que no soporta. Alonso Quijano no puede volverse
loco leyendo pues no ha abierto un libro en años. ¿Quién lee ahora teniendo un
gran abanico de posibilidades multimedia donde el cerebro no tiene más que
apagarse y disfrutar? Y, finalmente, los molinos ya no son los gigantes
enormes, gordos y morenos. Son ahora finos, blancos y esbeltos muchachos que
proporcionan una energía renovable necesaria para la sostenibilidad del medio
ambiente.
Y, en el
caso de que los molinos volvieran a ser gigantes, ¿lucharía Alonso Quijano
contra ellos? ¿Intentaría vencer al mal como antaño hacía? Me temo que la
respuesta sería negativa. Hundido en el conformismo, nuestro señor europeo de
clase media, un burgués hecho y derecho, ¿por qué iba a molestarse en hacer
algo de lo que no obtendría beneficio alguno? Tal vez si le pagaran… “Bah, a mí
no me afecta, ¿qué más me da? Yo tengo que disfrutar de mi vida que para algo
está.” Así pues, decide que volver con su esposa es lo más sensato. Además, el
lunes tiene que presentar un informe al jefe…
Y con esto
llegamos al quid de la cuestión: ¿En qué mundo vivimos? ¿Es posible que el
hombre haya dejado de ser hombre a tal velocidad? ¿Qué fue lo que nos robotizó
de tal manera? ¿Dónde queda nuestra cultura, nuestra gran historia literaria y
nuestra inmensa filosofía? ¿No se sentirían los sofistas griegos, que fueron la
cuna de nuestra cultura, avergonzados por esta situación? ¿No es hora de dejar
de ser simples bípedos y ser hombres, humanistas?
Acaso
debiéramos recuperar nuestra alma, nuestra esencia de hombre, nuestra
profundidad espiritual y dejarnos llevar por la pasión de un libro de
caballerías. Acaso debiéramos encontrar un Sancho Panza que acabe siendo incluso
más descerebrado que nosotros mismos. Y, es que, en el fondo y como el gran
dramaturgo español quiso decirnos, es ese “loco” el más cuerdo de todos, el más
intenso, el más verdadero y, por supuesto, el más humano.
Seamos, pues
con orgullo y honradez, un Don Quijote salvador.