domingo, 30 de abril de 2017


DON ALONSO QUIJANO VA EN BUSCA DE ENERGÍAS RENOVABLES. 

¿Qué haría hoy Don Quijote con los molinos de viento?



¿No les pasa que no saben cómo reaccionar a semejante interrogante? Dicen que los tiempos cambian. Tal vez Don Miguel de Cervantes se vería horrorizado ante semejante panorama si por algún casual cayera hoy mismo en aquel lugar de La Mancha. Ciertamente no querría acordarse del nombre. Nuestro señor Alonso Quijano jamás tornaría en Don Quijote. Ante una sociedad deshumanizada y capitalista, no hay lugar para imaginaciones. Y si se atreve a retar usted las normas, vaya a un buen psiquiatra.
Supongamos aun así que nos hemos encontrado con un hombre que va más allá del pensamiento colectivo. Alonso Quijano se despierta una mañana, se dispone a darse una ducha cuando, al mirarse al espejo, decide que es hora de cambiar radicalmente su vida. Todo esto es debido, claro está, a la gran cantidad de series que ve últimamente. ¿Por qué él no puede llevar la vida de ese joven y atractivo detective que triunfa en todos los aspectos de su vida? Presa de un pánico terrible ante el inexorable destino de su vida, aburrido de su vida conyugal escasamente satisfactoria y con una incipiente ansiedad por la aparición de las primeras arrugas en su rostro, hace las maletas y sale de casa.
Relatar qué piensa y siente nuestro personaje al salir es prácticamente imposible. Casi inconscientemente se encuentra en la estación y decide coger un tren hacia la Mancha. Mas cuál es nuestra sorpresa cuando, al llegar, todo lo vemos cambiado. Rocinante no es más un rocín flaco pues es ahora un Seat rojo chillón. Dulcinea no es más la ansiada dama con la que soñaba nuestro caballero, es ahora su mujer menopáusica y gritona a la que no soporta. Alonso Quijano no puede volverse loco leyendo pues no ha abierto un libro en años. ¿Quién lee ahora teniendo un gran abanico de posibilidades multimedia donde el cerebro no tiene más que apagarse y disfrutar? Y, finalmente, los molinos ya no son los gigantes enormes, gordos y morenos. Son ahora finos, blancos y esbeltos muchachos que proporcionan una energía renovable necesaria para la sostenibilidad del medio ambiente.
Y, en el caso de que los molinos volvieran a ser gigantes, ¿lucharía Alonso Quijano contra ellos? ¿Intentaría vencer al mal como antaño hacía? Me temo que la respuesta sería negativa. Hundido en el conformismo, nuestro señor europeo de clase media, un burgués hecho y derecho, ¿por qué iba a molestarse en hacer algo de lo que no obtendría beneficio alguno? Tal vez si le pagaran… “Bah, a mí no me afecta, ¿qué más me da? Yo tengo que disfrutar de mi vida que para algo está.” Así pues, decide que volver con su esposa es lo más sensato. Además, el lunes tiene que presentar un informe al jefe…
Y con esto llegamos al quid de la cuestión: ¿En qué mundo vivimos? ¿Es posible que el hombre haya dejado de ser hombre a tal velocidad? ¿Qué fue lo que nos robotizó de tal manera? ¿Dónde queda nuestra cultura, nuestra gran historia literaria y nuestra inmensa filosofía? ¿No se sentirían los sofistas griegos, que fueron la cuna de nuestra cultura, avergonzados por esta situación? ¿No es hora de dejar de ser simples bípedos y ser hombres, humanistas?
Acaso debiéramos recuperar nuestra alma, nuestra esencia de hombre, nuestra profundidad espiritual y dejarnos llevar por la pasión de un libro de caballerías. Acaso debiéramos encontrar un Sancho Panza que acabe siendo incluso más descerebrado que nosotros mismos. Y, es que, en el fondo y como el gran dramaturgo español quiso decirnos, es ese “loco” el más cuerdo de todos, el más intenso, el más verdadero y, por supuesto, el más humano.
Seamos, pues con orgullo y honradez, un Don Quijote salvador.