Escribo porque la tristeza se ha instaurado en mi y desesperadamente necesito sacarla.
Siento la vida ajena a mi, oigo su risa despiadada en mi nuca. Huye macabramente tras dejarme sus imborrables huellas. Y yo, paralizada, oigo como se aleja.
Pienso mucho. Pienso, rememoro, sueño... Pero qué más da, todo es lejano. La tristeza es, a veces llana y silenciosa. Otras es explosiva y cansada. Pero siempre es tristeza.
Mi cuerpo es débil y tembloroso, mis palabras insuficientes y apáticas, mis ojos vacíos y agónicos.
Pareciera en ocasiones que siento alegría o enfado y me permito pensar que estoy renaciendo pero cuando momentos después me miro al espejo, vislumbro el autoengaño; ahí, impasible e inderrotable se encuentra otra vez y siempre, la tristeza.
Los días que me siento más fuerte pienso en la muerte. Me siento muy cerca de ella.
La mayoría de los días soy casi autómata en mis movimientos (si es que los hay). Siento que llevo un peso terrible en los hombros, me arden los ojos con frecuencia como si doliesen de lo tristes que están y la cabeza parece que fuera a estallar de tanto pensar. Pero no hay orden médica o diagnóstico para ninguna de estas dolencias porque en el fondo no existen. Es la tristeza.
Evito mirarme y pensarme. Conozco mi condición. Soy un ser grotesco y cada vez más deformado. A veces me doy pena pero normalmente siento asco.
No tengo con quien hablar pero no en un sentido literal. No encuentro con quien comunicarme. No encuentro quien me mire a los ojos y me comprenda y comprenda que mi tristeza es real. No encuentro quien toque la fibra última de la agonía y la acepte aunque eso implique convivir con la desdicha.
La vida, al fin y al cabo, es soledad y dolor. Sin connotaciones románticas, sin música melancólica de fondo ni cigarrillos apagándose al ocaso. Es tan solo un bucle de horror, soledad y, tal vez (con suerte), una pastilla al día.