A veces enciendo el móvil con la esperanza de que hayas decidido abandonar tu cruel odio hacia mi y quieras hablarme. Ha pasado ya mucho tiempo. Pero sigues en mi. De una manera frustrante, horrible, ponzoñosa. Ya ni siquiera serás quien eras. Es lógico. Tal vez te detestaría de conocerte ahora. Pero cuanto desearía poder conocerte.
Cuantas mentiras, cuanta sangre, cuantos golpes… que dramáticamente real. Si volvieras ahora, si tu tuviera frente a mí, te contaría toda la verdad, todo lo que quisieses. No dudaría ni un instante en arrodillarme, en humillarme y arrastrarme ante ti.
Te pienso desnuda, te pienso sonriente, te pienso llorando… te pienso de tantas maneras que es como si fueras parte de mi ser. Cuántas caricias no he podido darte, cuantos gemidos no he podido escuchar, cuantas risas no he podido disfrutar…
¿Me estoy aferrando al pasado? ¿Solo vivo de una imagen que ya pasó? Yo qué sé. Te quería. Te amaba. Tu nombre quema aun a día de hoy cada rincón de mi cuerpo.
Pensarte viva, existiendo, hablando, respirando lejos de mi me tortura. Decíamos que solo morir nos podía separar. Valiente gilipollez.
Teníamos una vida que vivir. Toda una puta que vivir juntas. Y ya no estas. Has desaparecido como por un soplo. Apareciste y desapareciste.
Y me odias, ¿recuerdas? En la ultima conversación que tuvimos me amenazaste. Y pensé que me habías matado. Que me habías arrancado las tripas con las manos furiosamente y lo habías arrojado al suelo. Y escupías sobre mí.
Y lloré. Lloré tanto… y no sabía, no podía vivir sin ti. Y solo la posibilidad de morir me calmaba. Eso siempre me calma. Tener la certeza de poder morir en este mismo instante.
En el fondo, solo quiero tener la certeza de que vives y sonríes. Y de que en alguna realidad paralela, la vida nos concede otra oportunidad y puedo amarte como no supe en su momento: con serenidad, con tranquilidad, con pasión y con alegría.
Cuánto lo siento...
domingo, 3 de junio de 2018
sábado, 24 de marzo de 2018
Hoy quiero escribir sobre él.
No se por donde empezar. Cuando pienso en él, lo primero que
me viene a la cabeza son sus ojos. Sí. Siempre me han gustado mucho sus ojos. Son
de un color verdoso que me fascina. Son terriblemente expresivos. A veces
siento que, solo mirándole a los ojos, puedo entender cómo se siente.
Su barba, claro. De un color claro que no sabría describir,
aunque por la parte del bigote es más rubio.
No es muy alto. Su cuerpo es robusto. Es un hombre con mucha
fuerza. Cuando me rodea con sus brazos, es como si estuviera a salvo de todo.
Suele caminar rápido, un poco encorvado y con las manos en
los bolsillos. Anda con dinamismo, con ganas. Parece siempre que tiene mucha
prisa por llegar.
Prisa. Sí. Prisa. Impaciencia. Como si quisiera que
absolutamente todo llegara ya y a la vez no esperara nada.
Contradicción, miedo, inseguridad. Pero sobre todo miedo. El
miedo se derrama de su interior. Miedo a sentir. Miedo a vivir. Miedo a morir. Miedo
a tener miedo.
Cuando reflexiona sobre algo, parece que se pierde en las
ideas. Me viene a la cabeza una piscina de bolas. Juega con ellas, cae en
ellas, las coge, le rodean.
Quiere. Ansía. Desea. No se el qué.
Se ahoga en la realidad. Pero no podría ser de otra manera,
claro.
Es dulce. Muy cariñoso. Le gusta el contacto físico.
Siempre he pensado que es una persona abandonada. Como si
realmente nadie le quisiera o a nadie le importara mas allá de lo estrictamente
necesario. Como si nadie se hubiera parado a conocerlo de verdad.
Cuando duerme parece que toda la paz del mundo está en él.
Cuando se ríe, lo hace de una manera contagiosa y sincera.
Se enfada con cierta facilidad y, a veces, le cuesta
controlarlo. Pero es tranquilo.
Siempre que empieza a liarse un cigarrillo, parece que
piensa mucho. Como si la propia actividad le invitara a la reflexión, algo así
como la papiroflexia. Y cuando le pienso fumando por la ventana de mi habitación,
le imagino como si estuviera ante el mar y respirara hondo. Calmándose.
Es atractivo. Si, me parece terriblemente atractivo.
Me gusta pensar que puede ser feliz. Aunque ese concepto es imbécil.
Pero qué más da.
Pero esto no son mas que pequeñas ideas inconexas y superficiales
de una noche con exceso de alcohol.
Pero él es humano. Es muy humano.
domingo, 4 de marzo de 2018
Algo pasa. Claro. No soy desgraciada. No ahora. Pero brota de mi una insatisfacción vital. La frustración de siempre. La tristeza de siempre.
Cuesta, ¿sabes? Duele incluso. Yo qué sé el que. Me paralizo con facilidad. Las palabras, las personas, las situaciones me paralizan. Creo que hay mucho miedo en mi.
Han sido muchos años de miedo, ¿verdad?
Ya no encuentro un ápice de mi. Ya no hay reflexiones, ya no hay quejas, ya no hay profundidades. Solo una simple y llana tristeza mezclada con pánico.
Apenas escribo ya. Apenas leo. Apenas pienso. Dios, es que ya no es posible quedarse con una misma. Quema.
Creo que solo quiero abrazarme y escuchar el silencio.
Ya no veo una profesión, una pasión o a alguien junto a mi. He aprendido la dinámica, imagino.
No soporto mirar el espejo. Me abruma. Qué horror. Siento como si de mis ojos brotara la maldad, como si mi cuerpo reflejase el esperpento.
Cada día nacen más y más marcas en mi. No, claro que no hablo de cicatrices. Hablo de esas horribles marcas rojizas que me recuerdan que me estoy pudriendo.
Qué victimismo más absurdo el de hoy. Y qué ganas de tener valor para formularlo en voz alta.
Todo esto no tiene sentido. Nada enlaza con nada. Pensamientos que se atropellan.
Cuanto más crezco, más niña me siento. Quiero protección y seguridad.
Solo quiero calmar el miedo.
Pero no soy desgraciada.
Cuesta, ¿sabes? Duele incluso. Yo qué sé el que. Me paralizo con facilidad. Las palabras, las personas, las situaciones me paralizan. Creo que hay mucho miedo en mi.
Han sido muchos años de miedo, ¿verdad?
Ya no encuentro un ápice de mi. Ya no hay reflexiones, ya no hay quejas, ya no hay profundidades. Solo una simple y llana tristeza mezclada con pánico.
Apenas escribo ya. Apenas leo. Apenas pienso. Dios, es que ya no es posible quedarse con una misma. Quema.
Creo que solo quiero abrazarme y escuchar el silencio.
Ya no veo una profesión, una pasión o a alguien junto a mi. He aprendido la dinámica, imagino.
No soporto mirar el espejo. Me abruma. Qué horror. Siento como si de mis ojos brotara la maldad, como si mi cuerpo reflejase el esperpento.
Cada día nacen más y más marcas en mi. No, claro que no hablo de cicatrices. Hablo de esas horribles marcas rojizas que me recuerdan que me estoy pudriendo.
Qué victimismo más absurdo el de hoy. Y qué ganas de tener valor para formularlo en voz alta.
Todo esto no tiene sentido. Nada enlaza con nada. Pensamientos que se atropellan.
Cuanto más crezco, más niña me siento. Quiero protección y seguridad.
Solo quiero calmar el miedo.
Pero no soy desgraciada.
lunes, 26 de febrero de 2018
Estuve en sus manos, no lo voy a negar. Aunque me avergüenza. Le quería y era absurdo porque ni nos conocíamos realmente. Pero algo en el me eclipsaba. Y huí. Sí, huí. Como una cobarde, tal vez. Sentí que no podía derramas más lágrimas vacías. El me hacía daño (y eso que no me hacía nada.)
Y ahora que me mira a los ojos, que me coje de la mano como si fuéramos a saltar de un precipicio, titubeo. ¿Quiero? ¿Puedo? ¿Debo?
Ya sabemos cómo nos arrastran los sentimientos, Dalila. Ya sabemos lo absolutamente frágil que eres. Y él es como tu. Indeciso, inestable.
Ni siquiera sabemos si te quiere realmente a ti o a la imagen que tiene de ti. ¿Qué pasará cuando estés en esos días en los que la tristeza te consume? ¿Qué pasará cuandos no sepas cómo reaccionar al cariño o a otros sentimientos? ¿Qué pasará cuando la ansiedad te impida respirar?
No sé si estoy siendo precavida y cuidandome o esto es un ejercicio de autosabotaje.
Qué miedo da todo. Qué miedo da perder el control de mis sentimientos, dejarme llevar.
No quiero dañarme y, sobretodo, dañarle a el. Mi forma de sentir es despreciable, monstruosa. Y no quiero envenenenar a más personas de lo que ya lo he hecho. Es como si mi consciencia no soportara más peso.
Qué doloroso no poder amar sin miedos.
Y qué miedo me da mirar sus ojos verdosos.
Y ahora que me mira a los ojos, que me coje de la mano como si fuéramos a saltar de un precipicio, titubeo. ¿Quiero? ¿Puedo? ¿Debo?
Ya sabemos cómo nos arrastran los sentimientos, Dalila. Ya sabemos lo absolutamente frágil que eres. Y él es como tu. Indeciso, inestable.
Ni siquiera sabemos si te quiere realmente a ti o a la imagen que tiene de ti. ¿Qué pasará cuando estés en esos días en los que la tristeza te consume? ¿Qué pasará cuandos no sepas cómo reaccionar al cariño o a otros sentimientos? ¿Qué pasará cuando la ansiedad te impida respirar?
No sé si estoy siendo precavida y cuidandome o esto es un ejercicio de autosabotaje.
Qué miedo da todo. Qué miedo da perder el control de mis sentimientos, dejarme llevar.
No quiero dañarme y, sobretodo, dañarle a el. Mi forma de sentir es despreciable, monstruosa. Y no quiero envenenenar a más personas de lo que ya lo he hecho. Es como si mi consciencia no soportara más peso.
Qué doloroso no poder amar sin miedos.
Y qué miedo me da mirar sus ojos verdosos.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)