Algo pasa. Claro. No soy desgraciada. No ahora. Pero brota de mi una insatisfacción vital. La frustración de siempre. La tristeza de siempre.
Cuesta, ¿sabes? Duele incluso. Yo qué sé el que. Me paralizo con facilidad. Las palabras, las personas, las situaciones me paralizan. Creo que hay mucho miedo en mi.
Han sido muchos años de miedo, ¿verdad?
Ya no encuentro un ápice de mi. Ya no hay reflexiones, ya no hay quejas, ya no hay profundidades. Solo una simple y llana tristeza mezclada con pánico.
Apenas escribo ya. Apenas leo. Apenas pienso. Dios, es que ya no es posible quedarse con una misma. Quema.
Creo que solo quiero abrazarme y escuchar el silencio.
Ya no veo una profesión, una pasión o a alguien junto a mi. He aprendido la dinámica, imagino.
No soporto mirar el espejo. Me abruma. Qué horror. Siento como si de mis ojos brotara la maldad, como si mi cuerpo reflejase el esperpento.
Cada día nacen más y más marcas en mi. No, claro que no hablo de cicatrices. Hablo de esas horribles marcas rojizas que me recuerdan que me estoy pudriendo.
Qué victimismo más absurdo el de hoy. Y qué ganas de tener valor para formularlo en voz alta.
Todo esto no tiene sentido. Nada enlaza con nada. Pensamientos que se atropellan.
Cuanto más crezco, más niña me siento. Quiero protección y seguridad.
Solo quiero calmar el miedo.
Pero no soy desgraciada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario