sábado, 24 de marzo de 2018


Hoy quiero escribir sobre él.
No se por donde empezar. Cuando pienso en él, lo primero que me viene a la cabeza son sus ojos. Sí. Siempre me han gustado mucho sus ojos. Son de un color verdoso que me fascina. Son terriblemente expresivos. A veces siento que, solo mirándole a los ojos, puedo entender cómo se siente.
Su barba, claro. De un color claro que no sabría describir, aunque por la parte del bigote es más rubio.
No es muy alto. Su cuerpo es robusto. Es un hombre con mucha fuerza. Cuando me rodea con sus brazos, es como si estuviera a salvo de todo.
Suele caminar rápido, un poco encorvado y con las manos en los bolsillos. Anda con dinamismo, con ganas. Parece siempre que tiene mucha prisa por llegar.
Prisa. Sí. Prisa. Impaciencia. Como si quisiera que absolutamente todo llegara ya y a la vez no esperara nada.
Contradicción, miedo, inseguridad. Pero sobre todo miedo. El miedo se derrama de su interior. Miedo a sentir. Miedo a vivir. Miedo a morir. Miedo a tener miedo.
Cuando reflexiona sobre algo, parece que se pierde en las ideas. Me viene a la cabeza una piscina de bolas. Juega con ellas, cae en ellas, las coge, le rodean.
Quiere. Ansía. Desea. No se el qué.
Se ahoga en la realidad. Pero no podría ser de otra manera, claro.
Es dulce. Muy cariñoso. Le gusta el contacto físico.
Siempre he pensado que es una persona abandonada. Como si realmente nadie le quisiera o a nadie le importara mas allá de lo estrictamente necesario. Como si nadie se hubiera parado a conocerlo de verdad.
Cuando duerme parece que toda la paz del mundo está en él.
Cuando se ríe, lo hace de una manera contagiosa y sincera.
Se enfada con cierta facilidad y, a veces, le cuesta controlarlo. Pero es tranquilo.
Siempre que empieza a liarse un cigarrillo, parece que piensa mucho. Como si la propia actividad le invitara a la reflexión, algo así como la papiroflexia. Y cuando le pienso fumando por la ventana de mi habitación, le imagino como si estuviera ante el mar y respirara hondo. Calmándose.
Es atractivo. Si, me parece terriblemente atractivo.
Me gusta pensar que puede ser feliz. Aunque ese concepto es imbécil. Pero qué más da.
Pero esto no son mas que pequeñas ideas inconexas y superficiales de una noche con exceso de alcohol.
Pero él es humano. Es muy humano.

domingo, 4 de marzo de 2018

Algo pasa. Claro. No soy desgraciada. No ahora. Pero brota de mi una insatisfacción vital. La frustración de siempre. La tristeza de siempre.
Cuesta, ¿sabes? Duele incluso. Yo qué sé el que. Me paralizo con facilidad. Las palabras, las personas, las situaciones me paralizan. Creo que hay mucho miedo en mi.
Han sido muchos años de miedo, ¿verdad?
Ya no encuentro un ápice de mi. Ya no hay reflexiones, ya no hay quejas, ya no hay profundidades. Solo una simple y llana tristeza mezclada con pánico.
Apenas escribo ya. Apenas leo. Apenas pienso. Dios, es que ya no es posible quedarse con una misma. Quema.
Creo que solo quiero abrazarme y escuchar el silencio.
Ya no veo una profesión, una pasión o a alguien junto a mi. He aprendido la dinámica, imagino.
No soporto mirar el espejo. Me abruma. Qué horror. Siento como si de mis ojos brotara la maldad, como si mi cuerpo reflejase el esperpento.
Cada día nacen más y más marcas en mi. No, claro que no hablo de cicatrices. Hablo de esas horribles marcas rojizas que me recuerdan que me estoy pudriendo.
Qué victimismo más absurdo el de hoy. Y qué ganas de tener valor para formularlo en voz alta.
Todo esto no tiene sentido. Nada enlaza con nada. Pensamientos que se atropellan.
Cuanto más crezco, más niña me siento. Quiero protección y seguridad.
Solo quiero calmar el miedo.
Pero no soy desgraciada.