domingo, 3 de junio de 2018

Tú, ese suspiro quebradizo, esa mirada perdida.

A veces enciendo el móvil con la esperanza de que hayas decidido abandonar tu cruel odio hacia mi y quieras hablarme. Ha pasado ya mucho tiempo. Pero sigues en mi. De una manera frustrante, horrible, ponzoñosa. Ya ni siquiera serás quien eras. Es lógico. Tal vez te detestaría de conocerte ahora. Pero cuanto desearía poder conocerte.


Cuantas mentiras, cuanta sangre, cuantos golpes… que dramáticamente real. Si volvieras ahora, si tu tuviera frente a mí, te contaría toda la verdad, todo lo que quisieses. No dudaría ni un instante en arrodillarme, en humillarme y arrastrarme ante ti.


Te pienso desnuda, te pienso sonriente, te pienso llorando… te pienso de tantas maneras que es como si fueras parte de mi ser. Cuántas caricias no he podido darte, cuantos gemidos no he podido escuchar, cuantas risas no he podido disfrutar…


¿Me estoy aferrando al pasado? ¿Solo vivo de una imagen que ya pasó? Yo qué sé. Te quería. Te amaba. Tu nombre quema aun a día de hoy cada rincón de mi cuerpo.


Pensarte viva, existiendo, hablando, respirando lejos de mi me tortura. Decíamos que solo morir nos podía separar. Valiente gilipollez.


Teníamos una vida que vivir. Toda una puta que vivir juntas. Y ya no estas. Has desaparecido como por un soplo. Apareciste y desapareciste.


Y me odias, ¿recuerdas? En la ultima conversación que tuvimos me amenazaste. Y pensé que me habías matado. Que me habías arrancado las tripas con las manos furiosamente y lo habías arrojado al suelo. Y escupías sobre mí.


Y lloré. Lloré tanto… y no sabía, no podía vivir sin ti. Y solo la posibilidad de morir me calmaba. Eso siempre me calma. Tener la certeza de poder morir en este mismo instante.



En el fondo, solo quiero tener la certeza de que vives y sonríes. Y de que en alguna realidad paralela, la vida nos concede otra oportunidad y puedo amarte como no supe en su momento: con serenidad, con tranquilidad, con pasión y con alegría.

Cuánto lo siento...