viernes, 14 de agosto de 2020

Sin imposturas.

He experimentado muchos tipos de sentimientos. Como todo el mundo, claro. Pero supongo que la diferencia radica en la intensidad. Estos últimos días vuelvo a la depresión. Me gustaría tener cerca a alguien que experimentara este sentimiento igual que yo. Pienso en E. Vivió algo terrible hace un año. No está bien. Pero no le siento deprimido. O mejor dicho, vive una depresión romántica. Alcohol, salir, drogas... no niego que el sentimiento al fin y al cabo está ahí pero envidio que sea así. Yo solo siento una incapacidad atroz. Siento que no puedo moverme e ir al baño ya me hace estar agotada. Todo me da igual. Hoy por un momento pensé si A. a anoche podría haber conocido a alguna chica y me di cuenta de que me daba absolutamente igual. Algo que en condiciones normales me habría hecho sentirme terrible, hoy no me importa nada. 
Es una sensación apabullante. Dejas de ser una persona para ser dolor. Un dolor intenso, arrollador e inexplicable. El mundo no importa. Nada importa más que lo que te hace sufrir de esa manera. A veces, nada importa mas que morir o hacerse daño. El cuerpo pesa, la cabeza da vueltas, mareos durante días. Con suerte, lloras mucho. En el peor de los casos, no recuerdas como se llora. 
¿Es una reacción normal a una situación sin solución y horrible? ¿Soy yo y mi condición de hipersensible? ¿Tengo una necesidad patológica de tristeza? 
No me gusta estar sola ni sé estar sola porque no sé desconectar de los horrores. La compañía me hace olvidarlo. Pero eso no es una solución a nada. Es una esclavitud. Creo que casi todas las personas que conozco viven esta esclavitud también. 
No sé a dónde llegar. No quiero más depresión. Los últimos años muchos sentimientos negativos me han ido destrozando, destrozando mi calidad humana. ¿Qué clase de persona acabaré siendo? 

miércoles, 8 de julio de 2020

Arquitectura emocional.


Ocurre a veces que el estado mental y emocional es tal que parece que por dentro ocurren muchas cosas, que hay una profundidad casi peligrosa pero cuando quieres clarearte, entenderte, sientes que no hay nada. ¿En qué paso tanto tiempo pensando y sintiendo? A veces llega la noche y siento un agotamiento prácticamente intelectual pero la realidad es que no sé en qué he estado pensando. 
Caigo en la tentación de pensar que aquello que viví,  los recuerdos me colapsan día a día. Rememoro, analizo cada detalle de esa vivencia, trato de calmarme emocionalmente o trato de verlo desde otros puntos de vista. Imagino que no es sano. Vivir en el eterno pasado. 
La vida está "diseñada" de tal forma que uno siempre debe o va mejorando en muchos aspectos. No es lo que ocurre en mi caso, yo fui mejor. Y ahora tengo que vivir con una peor versión de mi misma. 
Pasaba muchas horas leyendo, escribiendo, era magnética, sociable. Todo lo que queda ahora es resquicio oxidado de aquello. Ahora escribir unas líneas es agotador, leer es tortuoso, mi atención es dispersa, no puedo entrar a la historia y siento una ansiedad incapacitante.
Ansiedad, ansiedad, ansiedad. 
Nunca pensé que eso me limitaría tanto. Jamás. Nunca fui nerviosa. Siempre tuve mucho aplomo en todas las situaciones, mucha entereza y tranquilidad. Ahora no recuerdo cómo es vivir sin miedo e intranquilidad.
Me da vértigo pensar en existir de esta manera. Un dia eres una persona, con una forma de percibir el mundo y afrontarlo y al día siguiente ya no queda nada de esa persona y la vida es otra a como la vivías. 
"Trauma" es la palabra. O "crisis" más bien.
No creo que el devenir natural de la vida sea ese. Tal vez esta línea de vida tiene más sentido en personas con un desequilibrio mental, con una ruptura abrupta o no de lo que uno era. Tener que reconstruirse casi de cero. Y la construcción no siempre es como la quieres. A veces ni siquiera se parece al trazado mental que haces. 
Entonces entras en un dualismo terrible, soy lo que no quiero ser y vivo como no quiero vivir. "Vivo sin vivir en mi" ,¿no? 
Es como haber matado a alguien. 

domingo, 24 de noviembre de 2019

Escribo porque la tristeza se ha instaurado en mi y desesperadamente necesito sacarla.
Siento la vida ajena a mi, oigo su risa despiadada en mi nuca. Huye macabramente tras dejarme sus imborrables huellas. Y yo, paralizada, oigo como se aleja.
Pienso mucho. Pienso, rememoro, sueño... Pero qué más da, todo es lejano. La tristeza es, a veces llana y silenciosa. Otras es explosiva y cansada. Pero siempre es tristeza.
Mi cuerpo es débil y tembloroso, mis palabras insuficientes y apáticas, mis ojos vacíos y agónicos.
Pareciera en ocasiones que siento alegría o enfado y me permito pensar que estoy renaciendo pero cuando momentos después me miro al espejo, vislumbro el autoengaño; ahí, impasible e inderrotable se encuentra otra vez y siempre, la tristeza.
Los días que me siento más fuerte pienso en la muerte. Me siento muy cerca de ella.
La mayoría de los días soy casi autómata en mis movimientos (si es que los hay). Siento que llevo un peso terrible en los hombros, me arden los ojos con frecuencia como si doliesen de lo tristes que están y la cabeza parece que fuera a estallar de tanto pensar. Pero no hay orden médica o diagnóstico para ninguna de estas dolencias porque en el fondo no existen. Es la tristeza.
Evito mirarme y pensarme. Conozco mi condición. Soy un ser grotesco y cada vez más deformado. A veces me doy pena pero normalmente siento asco.
No tengo con quien hablar pero no en un sentido literal. No encuentro con quien comunicarme. No encuentro quien me mire a los ojos y me comprenda y comprenda que mi tristeza es real. No encuentro quien toque la fibra última de la agonía y la acepte aunque eso implique convivir con la desdicha.
La vida, al fin y al cabo, es soledad y dolor. Sin connotaciones románticas, sin música melancólica de fondo ni cigarrillos apagándose al ocaso. Es tan solo un bucle de horror, soledad y, tal vez (con suerte), una pastilla al día.

sábado, 10 de agosto de 2019



Pienso en ti, en mi, en la existencia, en el olvido. Los sentimientos emanan de mi con una potencia terrorífica.
Pienso en borrar tu número y empezar de nuevo. Pienso en bailar bajo la música de algún local terrible y reír. Pienso en la libertad, en volar fuera de ti. Pienso en los viajes que me alejen de la cotidianidad. Pienso en irme lejos cuando acabe y descubrir. Pienso en lo que la vida me ofrece, pienso en los pequeños detalles que me regala como los idiomas que conozco y una profesión flexible.
Pienso en los hombres con los que hablo, pienso en los hombres a los que veo. No mentiré, me dan igual.
Pienso en cuidarme tiernamente, pienso en destruirme sin darle explicaciones a nadie. Pienso en sangre, pienso en alcohol e incluso, a veces, pienso en drogas. Una criatura grotesca de la noche.
Pienso en los libros que siempre me esperan con los brazos abiertos y en los amigos "en cada puerto" con los que podré conversar un poco. Pienso en vivir en mil sitios y trabajar y conocer y ansiar.
El mundo es poderoso, yo soy pequeñita.
Pienso en la muerte. Ese delicioso sabor a descanso, ese momento en el que los demás me tengan que borrar a mi. Y que me rían (porque odiaría que alguien me llorara.)
Las pérdidas son inevitables. (¡correr hacia adelante!)
Estoy petrificada. Llevo mucho tiempo petrificada en una habitación negra. He suplicado y gritado por ayuda. Pero la realidad es imperiosa, nadie mirará al abismo por ti.Pienso y pienso. Todos los días mis pensamientos giran entorno a esto. Y divago. Pero sé que pronto llegaré a una respuesta.Creo que no tengo miedo. O no tanto.
Quién sabe, tal vez enloquezca o tal vez mañana jamás vuelva a mi ciudad y cambie mi número de teléfono.Y ojalá todo fuera mera prosa poética. Una vez más, es la realidad. Nada lejana.




miércoles, 24 de julio de 2019

Afrodita.

Sé que soy la perdedora. Antes me preguntaba si habría una ganadora. Ahora sé que sí. Pase lo que pase, soy la perdedora.
Ya jamás me buscará, ya jamás me mirará y sentirá lo que sentía, ya jamás mi mirada será su hogar.
Ya solo soy el día a día, la de siempre, la despeinada que no se cuida.
La magia se fue. La magia fue detrás de otra mujer.
El dolor es tan punzante e intenso que no puedo describirlo. Mi corazón esta hecho pedazos. La sangre me hierve. En mi cabeza siento constantes martillazos. Paso los días con fiebre y nauseas. ¿Algún día me recuperaré?
Siento ganas de morir. Y casi sé que moriré de tristeza.
Nunca seré suficiente. Nunca seré la única. Nunca seré la elegida.
Arráncame la vida... porque ya no queda nada más por arrancar.

domingo, 3 de junio de 2018

Tú, ese suspiro quebradizo, esa mirada perdida.

A veces enciendo el móvil con la esperanza de que hayas decidido abandonar tu cruel odio hacia mi y quieras hablarme. Ha pasado ya mucho tiempo. Pero sigues en mi. De una manera frustrante, horrible, ponzoñosa. Ya ni siquiera serás quien eras. Es lógico. Tal vez te detestaría de conocerte ahora. Pero cuanto desearía poder conocerte.


Cuantas mentiras, cuanta sangre, cuantos golpes… que dramáticamente real. Si volvieras ahora, si tu tuviera frente a mí, te contaría toda la verdad, todo lo que quisieses. No dudaría ni un instante en arrodillarme, en humillarme y arrastrarme ante ti.


Te pienso desnuda, te pienso sonriente, te pienso llorando… te pienso de tantas maneras que es como si fueras parte de mi ser. Cuántas caricias no he podido darte, cuantos gemidos no he podido escuchar, cuantas risas no he podido disfrutar…


¿Me estoy aferrando al pasado? ¿Solo vivo de una imagen que ya pasó? Yo qué sé. Te quería. Te amaba. Tu nombre quema aun a día de hoy cada rincón de mi cuerpo.


Pensarte viva, existiendo, hablando, respirando lejos de mi me tortura. Decíamos que solo morir nos podía separar. Valiente gilipollez.


Teníamos una vida que vivir. Toda una puta que vivir juntas. Y ya no estas. Has desaparecido como por un soplo. Apareciste y desapareciste.


Y me odias, ¿recuerdas? En la ultima conversación que tuvimos me amenazaste. Y pensé que me habías matado. Que me habías arrancado las tripas con las manos furiosamente y lo habías arrojado al suelo. Y escupías sobre mí.


Y lloré. Lloré tanto… y no sabía, no podía vivir sin ti. Y solo la posibilidad de morir me calmaba. Eso siempre me calma. Tener la certeza de poder morir en este mismo instante.



En el fondo, solo quiero tener la certeza de que vives y sonríes. Y de que en alguna realidad paralela, la vida nos concede otra oportunidad y puedo amarte como no supe en su momento: con serenidad, con tranquilidad, con pasión y con alegría.

Cuánto lo siento... 

sábado, 24 de marzo de 2018


Hoy quiero escribir sobre él.
No se por donde empezar. Cuando pienso en él, lo primero que me viene a la cabeza son sus ojos. Sí. Siempre me han gustado mucho sus ojos. Son de un color verdoso que me fascina. Son terriblemente expresivos. A veces siento que, solo mirándole a los ojos, puedo entender cómo se siente.
Su barba, claro. De un color claro que no sabría describir, aunque por la parte del bigote es más rubio.
No es muy alto. Su cuerpo es robusto. Es un hombre con mucha fuerza. Cuando me rodea con sus brazos, es como si estuviera a salvo de todo.
Suele caminar rápido, un poco encorvado y con las manos en los bolsillos. Anda con dinamismo, con ganas. Parece siempre que tiene mucha prisa por llegar.
Prisa. Sí. Prisa. Impaciencia. Como si quisiera que absolutamente todo llegara ya y a la vez no esperara nada.
Contradicción, miedo, inseguridad. Pero sobre todo miedo. El miedo se derrama de su interior. Miedo a sentir. Miedo a vivir. Miedo a morir. Miedo a tener miedo.
Cuando reflexiona sobre algo, parece que se pierde en las ideas. Me viene a la cabeza una piscina de bolas. Juega con ellas, cae en ellas, las coge, le rodean.
Quiere. Ansía. Desea. No se el qué.
Se ahoga en la realidad. Pero no podría ser de otra manera, claro.
Es dulce. Muy cariñoso. Le gusta el contacto físico.
Siempre he pensado que es una persona abandonada. Como si realmente nadie le quisiera o a nadie le importara mas allá de lo estrictamente necesario. Como si nadie se hubiera parado a conocerlo de verdad.
Cuando duerme parece que toda la paz del mundo está en él.
Cuando se ríe, lo hace de una manera contagiosa y sincera.
Se enfada con cierta facilidad y, a veces, le cuesta controlarlo. Pero es tranquilo.
Siempre que empieza a liarse un cigarrillo, parece que piensa mucho. Como si la propia actividad le invitara a la reflexión, algo así como la papiroflexia. Y cuando le pienso fumando por la ventana de mi habitación, le imagino como si estuviera ante el mar y respirara hondo. Calmándose.
Es atractivo. Si, me parece terriblemente atractivo.
Me gusta pensar que puede ser feliz. Aunque ese concepto es imbécil. Pero qué más da.
Pero esto no son mas que pequeñas ideas inconexas y superficiales de una noche con exceso de alcohol.
Pero él es humano. Es muy humano.