Estuve en sus manos, no lo voy a negar. Aunque me avergüenza. Le quería y era absurdo porque ni nos conocíamos realmente. Pero algo en el me eclipsaba. Y huí. Sí, huí. Como una cobarde, tal vez. Sentí que no podía derramas más lágrimas vacías. El me hacía daño (y eso que no me hacía nada.)
Y ahora que me mira a los ojos, que me coje de la mano como si fuéramos a saltar de un precipicio, titubeo. ¿Quiero? ¿Puedo? ¿Debo?
Ya sabemos cómo nos arrastran los sentimientos, Dalila. Ya sabemos lo absolutamente frágil que eres. Y él es como tu. Indeciso, inestable.
Ni siquiera sabemos si te quiere realmente a ti o a la imagen que tiene de ti. ¿Qué pasará cuando estés en esos días en los que la tristeza te consume? ¿Qué pasará cuandos no sepas cómo reaccionar al cariño o a otros sentimientos? ¿Qué pasará cuando la ansiedad te impida respirar?
No sé si estoy siendo precavida y cuidandome o esto es un ejercicio de autosabotaje.
Qué miedo da todo. Qué miedo da perder el control de mis sentimientos, dejarme llevar.
No quiero dañarme y, sobretodo, dañarle a el. Mi forma de sentir es despreciable, monstruosa. Y no quiero envenenenar a más personas de lo que ya lo he hecho. Es como si mi consciencia no soportara más peso.
Qué doloroso no poder amar sin miedos.
Y qué miedo me da mirar sus ojos verdosos.