martes, 10 de enero de 2017

Noches inaguantables.

Caminando por alguna oscura calle, me he encontrado con un ser monstruoso, desaliñado y cansado. Pero eres tu, Dalila, eres tú. Me miro fijamente en el reflejo del cristal. No me reconozco. ¿Soy yo?
Me noto desfallecer. Las fuerzas se evaporan de mi cuerpo. Me siento triste, acabada, abandonada.
¿Qué hago aquí? ¿Por qué mis pues han decidido conducirme hasta aquí, hasta mi terrible reflejo?
El terror de contemplarse monstruosa, de saberse horrible.
Dios... los atronadores gritos de la soledad irrumpen en cada centímetro de mi cabeza impidiendo paz espiritual alguna.
¿Qué ocurre en mi que me condiciona de esta manera? ¿Qué ocurre en mi que me arrastra a semejante desesperación? ¿Qué ocurre en mi alma que sacude con tanta intensidad mi cuerpo?
¿Por qué llamas a mi puerta otra vez, Tristeza? Solo ansío fundirme en lágrimas amargas.
Si pudiera dejarme a merced de la marea del océano más tempestuoso, si pudiese arrojarme al abismo más aterrador...
Noches como hoy donde la perdición parece necesaria, inminente. Arrastro conmigo una gran cantidad de miserias. Yo misma soy miseria. Cuánto me pesan...
Retumban en mi cabeza recuerdos oscuros. Busco en los pasillos de mi mente alguna luz. Me consumo, no aguanto esta intensidad, me consumo.
En mi mirada, resquicios de lo que fui.
En mi voz, restos de podredumbre,
En mi alma, la densa y angustiosa escarcha.
Finos ríos de agua cristalina corren por mis brazos. Tal vez sea hora de desbordar las aguas que hay en ellas.
¿Qué dices, niña tonta?


Cállate. Calla. Calla tu miseria,

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