martes, 19 de septiembre de 2017

Una visita.

Tal vez debería seguir las normas establecidas y empezar a escribir sobre un personaje. Llamémoslo personaje X. Me viene a la cabeza un hombre retraído, triste, taciturno. Vagabundea por las calles de una hermosa ciudad en busca de algo. ¿Qué buscas, querido, qué buscas? ¿Tendrá a alguien en quien escudarse? ¿Tendrá a alguien que le proporcione calor esas noches tan frías? ¿Qué tendrá? ¿Tendrá?
Una buena mañana de verano el señor X se despierta, mira a su alrededor y, al ver que no tiene absolutamente nada, empieza a reír a carcajadas. No sabe si acabará llorando. No. Él no llora. O sí. Tal vez. ¿Qué más da? Nadie lo ve. Nadie lo mira. No existe. ¿Quién garantiza su existencia? Nadie.
Observa por la ventana. Ve a padres llevando a sus hijos al colegio, muchos coches, gente hablando por teléfono, gente estresada, gente alegre, gente triste. Gente. Es como si él viviera alrededor de una cortina que lo hace invisible. Nadie se acerca a él, nadie le habla. Ni siquiera lo miran.
- ¿Por qué no me miran? - dice en voz alta para sentir el calor envolvente de un sonido entre tanto silencio eterno- ¿Doy miedo? ¿Doy asco? ¿Doy pena? ¿Qué doy que no me miran? Tal vez sea la encarnación de la tristeza. Y nadie quiere encontrarse con la encarnación de la tristeza una buena mañana.
Aun así, nuestro señor X, al que ahora vamos a dar nombre, Gabriel Pujante, se levanta. ¿De dónde?, diréis. De su pequeña cama. Vive en un pequeño cubículo con tan solo lo imprescindible para habitar. Rebosante de libros eso sí. Pujante piensa que algún día se despertará siendo una cucaracha, qué kafkiano es a veces.
Está lloviendo. Esas lluvias mágicas de verano. Mira desde la ventana cómo las gotas golpean el suelo. Nuestro querido señor decide bajar. A veces la lluvia, el agua cayendo en su rostro le recuerda que sigue allí, que sigue vivo.
- “La vida es la constante sorpresa de saber que existo” – sonríe y susurra mientras baja las escaleras de su casi ya derruido edificio.
Las primeras gotas empiezan a acariciarle. Ve gente pasar, correr para no mojarse. ¿Cómo pueden no querer? ¿Hay algo más real, más auténtico, más noble que esta agua que cae impasible ante todo y todos?
Gabriel levanta la mirada. Empieza a ver rostros. Nadie le llama la atención. Nadie le despierta interés. ¿Cuándo se perdió? ¿O son los demás los perdidos? El silencio se hizo con en él. El dejó que el silencio se hiciera en él, que se adueñara de él y anidara para siempre en su pecho. Recuerda su vida, su pasado. Hizo todo lo que se suponía que había que hacer. Estudió, se comportó como un alumno ejemplar y como un hijo ejemplar. Nada le ha servido. Nada. Acabó convirtiéndose en un señor que trabaja de lunes a viernes de nueve a dos, aburrido con su vida, con su entorno, con él mismo. De alguna manera, piensa, se encontró a sí mismo en esa fuerza que sacó de su alma para rechazar las normas, para irse de casa, para no relacionarse con nadie más que con la literatura. Y sabe que solo conserva ese maldito y sistemático trabajo para poder pagar los libros que llenan su vida.
Se dirige lentamente a un parque cercano. Todo está vacío.  Solo él, la lluvia y la tierra mojada que toca con sus manos.
- Tal vez estés loco, Gabriel. Hablas solo, vives solo, tal vez la soledad te haya consumido. Pero nadie es testigo de esta locura. Será un secreto.
Pujante se acuesta en la hierba mojada. Tiene ya cuarenta y cuatro años. No recuerda nada. ¿Cómo pasó todo esto, todo este caos que llamamos “vida” tan deprisa? No recuerda haber vivido nada, haber sentido nada. No tiene familia. Y si la tiene, no quiere saberlo. No tiene amigos. Siempre se le dio mal llevar ese rol social establecido. Tampoco cree que mereciese la pena.
“Me rechazaron por no seguir sus absurdas normas, por no querer ser uno más de la manada.” – piensa con una sonrisa irónica y amarga.
Al final todo es acostumbrarse a batallar solo o a dejarse vencer solo. ¿Para qué engañarse como hacen los demás?
Pensando todo esto, Gabriel recuerda cuando una vez un señor le dijo que lo que le pasaba tenía cura, dándole un nombre técnico. ¿Quién se creía ese señor ataviado con su bata blanca para decirle lo que le pasaba?
“Tal vez incluso usted, señor con familia, a juzgar por su alianza, señor con estudios y dinero, sea mucho más infeliz que yo.”
Gabriel no recuerda si llegó a decírselo o solo lo pensó. Ha dejado de llover. Aun así, sigue sin haber nadie más que un pequeño pájaro que lo observa desde un enorme árbol.
“La ruta de mi alma hacia esta solemne nada” – piensa de repente.
- Esta manía absurda de vivir – exclama mientras pega un brinco y se levanta.
Ahora la fresca brisa golpea con elegancia su cara. Oye la fuente, aquella que deja caer el agua con fuerza y mas no por ello pierde su magia. Su sonido delicioso llega a él con deleite.
Desearía que en los infinitos pasillos de su mente solo sonara eso: esa agua cayendo. Sin embargo, su alma errante se proclama reina de todos los rincones de su mente. Incapaz de verse sin horrorizarse.
“Bobadas, Gabriel. Eres dueño de ti y pocas personas pueden decir eso.”
Siente como aparece alguien. Una mujer. “Espero que solo esté de paso.”
Cada vez se hace más lúcida la figura. Lleva un vestido antiguo y un lazo en el pelo. Se sienta en el banco que hay enfrente de Gabriel. Parece que no lo ha visto. Su mirada, perdida y seria la hace sospechosa de estar perdida en profundos pensamientos.
De repente, ella parece que lo ve. Lo mira fijamente. Después de unos instantes, se levanta y se dirige hacia él. Lleva un libro en la mano. Pujante se fija en él. Es de Boris Pasternak.
Gabriel está nervioso. No quiere hablar con esa mujer. No quiere oír a nadie.
- ¿Se encuentra usted bien, caballero? – dice con una voz desgarradoramente dulce.
- Sí. Solo me tumbé aquí para descansar. Perdone. – responde sin mirarla.
- No lo decía por eso, señor. Me pareció ver en su rostro una sombra terrible. No pasa nada. A veces a uno le pesan los párpados como si el sueño se le hubiesen prohibido desde hace meses. Yo creo que es normal, ¿sabe? Imagino que no querrá hablar. Nadie quiere condenar a otro a sufrir. Yo le diré que ya sufro. No pasará nada si me asomase a su pesada caja de Pandora. Ya sé lo que está pensando. Soy tan joven… solo tengo 20 años. ¿Qué sabré yo del sufrimiento?
Gabriel, absorto, no podía dejar de mirarla. Su pelo de ella cae con belleza. El lazo de color azul claro deja escapar un pequeño mechón de su pelo oscuro que se junta con sus ojos verdes y grandes. Ella lo aporta casi cada minuto. A Pujante esto le hace gracia. Sonríe. Su cara es fina. Sus cejas oscuras rodean con sublime magnificencia la parte superior de sus ojos. Su vestido blanco, inspirado casi en los años cincuenta, la hace parecer salida de alguna película antigua.
- ¿Qué la hace sufrir, señorita? – tartamudea tímidamente.
- Llámeme Ariadne. No lo sé. Mi alma se retuerce en ocasiones como si no conociese la alegría. Creo que no merece más, ¿sabe? Tiene las manos negras, ¿qué ha hecho?
- Solo he tocado el barro – susurra avergonzado.
- Vaya, eso es maravilloso. ¿Sabe que Schopenhauer decía que los seres humanos somos unos bípedos imbéciles? A veces creo que lleva razón. Al final una acaba como Nietzsche o Job… imponiendo el temperamento, lo inevitable, por encima de la razón.
Cuando Ariadne sonríe al decir esto, unas pequeñas arrugas se forman al lado de sus ojos y sus brillantes dientes muestran la más dulce de las sonrisas. Parece que hubiese sido creada por ninfas. Gabriel siente escalofríos. Desconcertado, no sabe qué decir.
- ¿Le gusta la lectura? Yo no puedo parar de sumirme en libros. Son como analgésicos, ¿a qué sí? Quisiera ser escritora algún día. – sigue hablando aceleradamente ella.
- Puede usted serlo, seño… Ariadne. Seguro que escribirá usted muy bello. – “¿Por qué solo puedo decir idioteces?” piensa.
- No es cuestión de belleza, señor. Es cuestión de que ha de ser escritor aquel que arranque el alma de los lectores, que los atropelle sin piedad y saque a la luz sus más dolorosos o felices sentimientos. – suspira profundamente y tras un corto silencio, pregunta - ¿Suele venir mucho aquí?
- Casi a diario. Puede usted intentar ser aquello que desea ser. Es muy joven, tiene toda la vida ante sus pies. Schopenhauer puede ser que estuviera en lo cierto, pero, ¿qué opina usted de aquel poema de Pasternak? Aquel que decía:
Hay que vivir sin imposturas
Vivir de modo que con el tiempo
Nos lleguemos a ganar el amor del espacio,
y oigamos la voz del futuro.

Hay que dejar blancos
En el destino y no en el papel
y en los márgenes anotar
Pasajes y capítulos de la vida entera.

Debemos sumirnos en el anónimo
Y ocultar en él nuestros pasos
Tal como se oculta el paisaje
Tras una niebla espesa.

Otros siguiendo tus huellas, frescas
Recorrerán tu camino palmo a palmo,
Pero tú mismo no debes distinguir
La derrota de la victoria
No debes renunciar ni a una brizna de ti mismo.

Tú debes estar vivo.
Solamente vivir
Hasta el final.
- Es precioso… pero no me diga que cree usted en eso. Es absurdo. Ya ve que al final todos los grandes genios acaban suicidándose. ¿Cree en Dios? – pregunta mientras mira al infinito. 
- No sé en qué creo. Creo en la realidad, en lo que veo, siento y pienso. Aunque a veces eso también parece irreal… - no puede dejar de mirarla. Quisiera salvar su mirada de esa perdición en la que está. ¿Qué le pasa? ¿Por qué se está comportando de esta manera tan absurda?
- Empieza a oscurecer. Qué bella es la puesta de sol. Se despide ardiendo, sin pesar, con orgullo. Acaso todos deberíamos ser como este. He de marcharme ya. Muchas gracias, señor. Ha sido un placer compartir estos instantes con usted. A veces una ha de ser consciente de cuándo suena el reloj. – y como si nada hubiera pasado, se levanta con ligereza y se marcha cantando a susurros. Gabriel solo alcanza a oír unas palabras de la canción: “gracias a la vida, que me ha dado tanto, me dio dos luceros, que cuando los abro perfecto distingo…”
A la mañana siguiente nuestro querido señor se despertó ajetreado. No se sentía descansado. Estaba impaciente, nervioso. Todo era muy extraño. Él siempre había sido una persona fría, casi había llegado a pensar que carecía de sentimientos. Se vistió precipitadamente y salió a la calle. Casi corriendo, fue al parque y se sentó en el lugar de la tarde anterior. Inquieto, no dejaba de mirar a todos lados con la esperanza de que Ariadne apareciese. Pero no lo hizo. Destrozado, ya cuando el sol se ponía, como ayer, marchó a casa. No pudo dormir. Estuvo leyendo a Schopenhauer. Pero más se estuvo leyendo a sí mismo. Estaba comprendiendo. Por primera vez… por primera vez quería abrazar a alguien y amar.
Durante más de dos semanas, Pujante no dejó de ir a ese lugar. Y ella nunca estaba. Gabriel se estrujaba los sesos pensando una manera para poder localizarla, contactar con ella.
Devastado ya por los hechos, se sentó en el banco donde la vio por primera vez. Había al lado tirado y arrugado un periódico viejo. Lo vio de reojo. Pero, como si le hubieran dado un golpe en el pecho, corrió hacia él y lo cogió. ¡Es ella! ¡Es su foto!
- Dios mío, ¿estaré delirando? – dice temblando. Como si fuera cuestión de vida o muerte, intenta leer lo que pone pues el periódico lleva días en el suelo y sus letras se han vuelto ilegibles.
“Muerta una joven tras lanzarse a las vías del tren.”
A Gabriel la vista se le vuelve borrosa. No entiende nada. ¿Qué? ¿Cómo que muerta? ¿Qué quiere decir eso? “Dios mío. ¿Me pidió ayuda aquel día y no se la di? Soy un asesino” – piensa mientras su respiración se acelera y sus piernas tiemblan. Se sienta. Un sudor frío recorre su frente. Mira hacia el horizonte. Aquel donde por primera vez la vio aparecer. “Ni siquiera eres capaz de llorar, maldito imbécil.” Tras pensar esto, lanza un grito atronador mientras se tapa la cara con las manos, como si eso fuera a protegerlo, a consolarlo. Vuelve a levantar la mirada y aprieta contra su pecho la foto de la joven.

Nada se sabe de él desde entonces. Arrastrándose, con la mirada borrosa, la cara petrificada por el terror, y con la pesada carga de la eterna ausencia de Ariadne, Gabriel Pujante se va de ese parque. Para siempre. Por siempre. Como ella. 

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