En ciertas ocasiones alzar la cabeza y observar te hace descubrir pequeñas maravillas.
En este caso, fue una mujer. Ya me la habían presentado pero nunca habíamos intercambiado más de dos palabras. No creo que mi presencia le hubiese llamado la atención. La segunda vez que la vi, no pude evitar observarla con respeto. Desprendía cierto aroma a misterio, a tristeza. Mas no tuve la fuerza para dirigirme a ella.
Rodeada de cientos de personas, ella no estaba ahí. Estaba en su mundo. Me imagino desde la distancia que tiene un mundo oscuro, taciturno pero que adorna con criaturas fantásticas. No podía evitar preguntarme qué hacía su mundo tan distante al de los demás. Yo bebía. Ella tenía una mano apoyada en el césped y miraba hacia abajo. Su mirada estaba a años luz. La estaba mirando fijamente, como si eso me fuera a ayudar a encontrarla. Unos minutos después, se levantó y se marchó.
Pensé en ella a lo largo de toda la semana. Aún sin conocer su mundo, me estaba arrastrando a él.
Anoche entré en un bar y, como si se tratara de una película, la vi sentada en un rincón. Estaba abstraída, dibujaba y escuchaba algo. Pensé que estaba ahí en ese mismo instante al igual que yo por algo. Me acerco. Mi alma tiembla, no lo niego. La llamo por su nombre. Ella alza la vista con lentitud. Me mira intentando reconocerme. Cuando lo hace, me dirige una ligera sonrisa. Trato de expresarle lo sublime que me parece su dibujo, pero las palabras se convierten en humo. Chapurreo dos tonterías. Ella se muestra amable y me dice que escribe. Yo le digo que me encantaría leer algo suyo. Me responde que me contactara. No sé si será verdad.
Es una mujer de mediana estatura, pelo largo de color castaño claro. Me fijo en que suele sujetárselo con una mano, para que no le tape la cara. Lleva gafas. Y una mirada donde podría una caerse. Hay miradas que expresan más que cualquier palabra, más que cualquier texto. Hay miradas que expresan alegría, tristeza, euforia, desesperanza. Hay muchas miradas. La suya me trasmite desazón. Como si estuviera ahí por inercia.
Algunos estamos de esa manera, ¿no? Dejándonos llevar por la corriente vital. Sin más.
Su forma de vestir, en las dos ocasiones que la he visto, es sencilla. Le gustan las chaquetas grandes. Y los pintalabios oscuros.
A pesar de ese aspecto sencillo, escucho como su cabeza hierve en pensamientos y sensaciones. Cuando me dirigí a ella, sentí que le avergonzaba algo. Ella misma, supongo. Pero, ¿por qué? Si es mágica. Como una sirena o alguna criatura mitológica que, supongo, le gustara.
Me gustaría dejar que me arranque el alma con su mirada. Me gustaría descubrir su esencia.
A veces, cuando alzo la cabeza, me encuentro con grandes maravillas.
Hoy, querida mujer de rumbo poco definido, tú eres lo maravilloso.
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